Cuarentena. Capítulo 2

16-03-2020

     —Buenos días Mateo.
Mateo estaba sentado en una silla de mimbre. Pareciese que llevase sentado toda la vida en esa silla. ¿Había pasado la noche ahí sentado? Imposible saberlo.
     —Buenos días Clara.
     —¿No iba a llover a mares?
     —Lo ha hecho esta noche. ¿No oíste los truenos?
     —¡Menudos zambumbazos!
     —Sí, menudos zambumbazos. ¿Esa expresión existe?
     —Existir existe, porque yo la he dicho.
     —Es un buen argumento.
     Clara se estiró con juvenil gracilidad. Iba en pijama. Contrastaba los dibujos de Los Minions de su blusa, con unos altivos pechos que el frescor de la mañana erizaba como el rocío saca punta a las gotas de agua sobre la hierba. A sus diecisiete años, la mujer y la niña aún convivían bajo ese pijama. Para horror de la mujer.
     —¿Te gustan las tormentas? —dijo el viejo sin prestar atención al pezón que sacaba un ojo a Stuart, el protagonista de los Minions, dejándole ciego.
     —Son chulis.
     —A mí me encantan. Me hacen sentir pequeño.
     —¿Te gusta sentirte pequeño? De verdad, Mateo, que tienes unos gustos muy raros.
     —Me gustan los contrastes. Las tormentas me recuerdan que debajo de nuestra tecnología, de nuestras ciudades ordenadas, nuestros horarios cuadriculados, nuestros edificios de hormigón, hay polvo. El atronador rugido que sigue al rayo nos devuelve la medida que nos pertenece.
     —¿Y qué medida es esa?
     —Supongo que será no estar ni muy arriba ni muy abajo. La verdad, lo desconozco.
     —Creía que a tu edad se sabía todo.
     —A mi edad se finge mejor todo lo que ignoras.
     —¡Pero porqué hace sol!
     —Lo dices como si te molestara.
     —Me gusta, pero habían dicho que iba a llover.
     —Entonces lloverá.
     —Tenía que estar lloviendo ahora.
     —No entiendo Clara, ¿pero quieres que llueva?
     —No, pero si dicen que tenía que estar lloviendo, pues tenía que estar lloviendo.
     —¿Qué más te da que llueva o no sino podemos salir?
     —Porque están mintiendo. Y hoy da igual, pero en condiciones normales sus errores afectan al turismo, cancelas partidos o la ropa que te vas a poner. Otras veces pasa lo contrario. Dicen que no va a llover, te pones tan mona y, ¡Ala!, te empapas.
     —Con qué esas tenemos.
     —Vas a ver.
     Clara cogió su teléfono móvil de la mesa. Había salido a la terraza con él y con las legañas. Trasteo con él hasta que encontró lo que buscaba.
     —¿Ves? Dan lluvia todo el día. Según esta web, debería haber empezado a llover hace una hora.
     —Ya vienen nubes por allí. ¿Las ves? En una o dos horas seguramente descarguen.
     —¿Dos horas? Aquí pone que ahora, justo ahora, tendría que estar lloviendo.
     —Tú te sorprendes de que se equivoquen por dos horas, yo me sorprendo de que sepan dos días antes que va a llover. Clara, ¿tú sabes que no podemos tener el control de todo?
     —Claro Mateo, eso lo sabe cualquiera.
     —Te lo puedes decir mil veces y no servirá de nada. No importa las palabras, sólo nos marcan los hechos. Lo único que vale, es que desde que naciste, la tecnología te ha permitido controlar casi todo lo que te rodea, ¡incluso cuando va a llover! Es congruente con los hechos, que sufras porque se equivocan por dos horas con el pronóstico. No estás acostumbrada a la incertidumbre, ¿por qué ibas a saber manejarla? ¿por repetirte una cuantas veces un puñado de frases bien intencionadas? Imposible.
     —Tampoco debe ser tan difícil saber cuándo va a llover, digo yo. Esa gente habrá estudiado, ¿no?
     —Claro, Clara.
     —Los humanos somos superiores a la naturaleza.
     —Entiendo que pienses eso, nada en tu vida te contradice. Salvo este Señor. Pero bueno, acaba de llegar y lleva sólo unos días con nosotros. No puede quitarte tu prepotencia bípeda adquirida en tus diecisiete años de vida.
     —No quiero sonar engreída, pero de verdad, somos superiores.
     —¿Orinas perfume y cagas bombones?
     —Tengo un iphone —se rió Clara. ¿Lo decía en broma? Parecía que sí y, no.
     —¿Sigues pensando que eres superior ahora que estás confinada en tu casa por un ARN?
     —Hombreeee, pues sí.
     —Normal, sólo llevas un día.
     —El iphone tiene datos y opciones para siete vidas.
     —Hay mil lugares maravillosos para viajar, el problema, es que si viajas sin descanso, llega el día que te cansas de viajar.
     —Con el iphone no pasará.
     —¿Tiene más que ofrecer ese cacharro que el mundo?
     —El iphone es el mundo.
     —Puedo aceptar, a regañadientes, me ha pillado viejo, que es parte del mundo pero, ¿el mundo?
     —Bueno, estoy exagerando. Casi, el mundo.
     —¿Qué sabrás tú del mundo con diecisiete años?
     —Precisamente gracias a internet he visto muchas más cosas que tú cuando tenías mi edad.
     —No puedo negarlo.
     —¡Ah!
     —Sólo dudo si de tanto ver, no estáis perdiendo la capacidad de enfocar la visión.
     —¿Tienes Whatsapp? Es muy útil…
     En ese momento, un grito del inframundo salió de dentro del salón de Clara: “¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!!!!”. Incluso Mateo pudo escucharlo aunque, sólo pudo intentar adivinar lo que sucedía a través de la mirada angustiante que Clara dirigía hacia el interior de la casa. Una mujer que rondaba los cincuenta años, oronda como el globo terráqueo, con los rulos puestos y la cara desencajada, avanzaba al trote como un hipopótamo puesto de speed hacia la terraza. Por suerte la puerta corredera estaba abierta, pues no habría titubeado en llevarse la cristalera por delante. Al llegar a la altura de Clara no se detuvo, y los intentos de su hija por detenerla no pudieron oponer resistencia a la inercia de ese impulso imperioso por salir a la calle. Ni siquiera el iphone fue capaz de evitar que la madre de Clara se precipitase cuatro pisos por debajo, hasta que los rulos de su madre se llenaron de masa encefálica al chocar contra el implacable suelo.
Dos horas después, Clara volvió a salir a la terraza. Allí esperaba expectante Mateo.
     —Clara, cielo, siento… No sé que decir.
     —Gracias mateo, no te preocupes.
     —¿Ya estáis en casa?
     —Sí, gracias a este Señor hasta morirse tiene que hacerlo uno sin interactuar con los demás.
     —Cualquier cosa que necesites, ya sabes.
     —Estoy bien.
     —No puedes estar bien. ¡Es tu madre!
     —Ah, no, ¡Era mi madrasta! Bueno, mejor dicho, la hija de puta de mi madrastra. Mi madre murió cuando tenía nueve años. Cáncer. ¿Te acuerdas eso de que cuanto más, más quieres, que me decía mi madre?
     —Sí.
     —Me lo decía cuando me comía el bote de nocilla entero. “Hija, tienes que aprender a dosificarte. Da igual cuánto consigas en la vida, cuánto te quieran, cuánto bien vivas, cuánto dinero o amor tengas, cuán feliz o cómoda sea tu existencia, siempre querrás más y no valorarás lo que tienes. No voy a darte más nocilla porque sino, pasará algo peor que se caígan los dientes, que se te caerán, seguirás pidiendo nocilla aún con la boca llena de ella”.
     —Tu madre era una mujer muy sabia. Siento su pérdida.
     —Ya ves, las idiotas de diaciseite años con iphones también sabemos algo de la vida.
    Mateo calló. Luego asintió con la mirada.
     -Parece que finalmente va a llover -anunció Clara al ver las gotas de lluvia caer sobre los adoquines aún ensangrentados.

APORTACIONES:

MOHAMED OUALI: “Soy superior. -¿Orinas perfume y cagas bombones? – Yo tengo un iphone. -¿Sigues pensando que eres superior ahora que estás confinado e tu casa por un ARN? -Hombreeee, pues sé. -Normal, sólo llevas un día.”.

LOLO MERINERO. “La madre de Clara, sale a la terraza y sin mediar palabra se tira por el balcón”.

Reverso.