Una cajita con egoísmo

Si hay brujas a las que la inquisición aún persigue el egoísmo es una de ellas. Hoy dispones de un día muy largo por delante, aunque me estés leyendo a las doce de la noche y te falte poco para acostarte. Veamos como en un lapso tan pequeño de tiempo son muchas las decisiones en las que tendrás que elegir si ser egoísta o no: A lo mejor mientras lees en la cama, la luz está molestando a tu compañero ¿La apagarás y dejarás de leer? Tu compañero se ha dormido y sabes de la fragilidad de su sueño ¿Te levantarás a lavarte los dientes o lo dejarás para mañana? Acabas de recordar una canción que te encanta y quieres escucharla en este mismo instante ¿Te decantarás por molestar ligeramente a tus vecinos? ¡La ropa de la lavadora! Acabas de darte cuenta que se te ha olvidado tenderla y permanece abrazada dentro del bombo ¿Priorizarás ponerla a tender con el inconfundible chirriar de las cuerdas o lo dejarás para mejor ocasión? Fíjate en las decisiones que llevamos y hemos empezado a las doce de la noche.

Hay tres tipos de respuestas a estas preguntas: impongo, cedo o concilio. De estas tres opciones la que más me gusta es la conciliación, la intuición del pescador que sabe cuando tirar del hilo y cuando ceder para pescar los mejores peces: echaría tres en uno a las cuerdas de tender, me pondría unos cascos para escuchar la música y compraría una bombilla de baja intensidad para leer. Esta es mi opción preferida porque el que impone se sale con la suya pero suele acabar bastante solo, y el que cede aunque suele caer muy bien se siente igual de solo porque piensa que todas esas personas le quieren porque nunca les da problemas. Aún así, sería una pena ser tan fanáticamente negociador que nunca te antepusieses o antepusieses a los demás.
Dicho esto, es importante que sepas que siempre te estás anteponiendo, tanto si decides conciliar o ceder estás siendo egoísta. Te lo explicaré. El egoísmo, desde su habitación secreta escondida de la moral, mueve los hilos de todos tus actos. Estamos programados para acercarnos a aquello que creemos nos va a aportar placer y a alejarnos de lo contrario y por tanto todo, lo hacemos por egoísmo. El debate no es si eres egoísta o no, no puedes no serlo, sino las consecuencias derivadas de tu egoísmo. Cuando de tu egoísmo se derivan consecuencias positivas para terceros lo llamamos altruismo, y cuando son negativas, nacismo. Hitler y Santa Teresa de Calcuta eran muy, muy parecidos: los dos tenían corazón, pulmones, estómago y una cajita con egoísmo. Buscaban exactamente lo mismo, sentirse bien consigo mismos; además ambos pensaban que para sentirse bien con uno mismo nada mejor que implicarse hasta sus últimas consecuencias en hacer un mundo mejor. Lo único que les diferenciaba es lo que entendían por un mundo mejor, y los medios que usaron para conseguirlo. Deja por tanto de intentar erradicar el egoísmo, no es el egoísmo el encargado de decidir si vas a tener un buen día o no, sino hacia donde lo dirijas, lo que elijas hacer con él. Practica un egoísmo no excluyente, con el que cuides de los demás sin descuidarte a ti mismo. ¿Difícil? Nadie dijo que ser un egoísta con aspiraciones fuese tarea fácil.

La más honesta de las virtudes, en exceso, no deja de ser un vulgar defecto.

 

Con permiso del viento.