Mr. Rastas

1 de enero. Ha nevado por la noche. Salgo de la urbanización de mis padres camino a celebrar Año Nuevo. Conduzco despacio sabedor de la poca adherencia de los neumáticos. Al llegar a una curva cerrada, donde se estrecha la calzada dejando un solo carril, se da la circunstancia de encontrarme un vehículo viniendo de frente. Frenamos los dos. Ambos coches patinan. Durante unos segundos que parecen minutos, nos deslizamos el uno irrevocablemente hacia el otro. Giro ligeramente hacia un lado, mejor chocarse con un coche parado que con uno en dirección contraria. Todos los ocupantes nos contraemos. El mini choque, íbamos muy despacio, parece inevitable. Y de repente, los coches se paran quedando separados por menos de cinco centímetros.

Bajo la ventanilla para compartir la experiencia con el otro conductor. Me paso la mano por el flequillo y con una amplia sonrisa de liberación, le digo: “Nos hemos salvado por los pelos”. Mi mirada transmite un ligero tufillo a angustia. Al otro lado, el conductor baja su ventanilla. Es un hombre de unos cuarenta años, con más pendientes que canas, ropa holgada de colores, y unas rastas jamaicanas que nada tienen que envidiar a las de Rapuncel. Entonces, con una calma pasmosa, este Dalai Lama de la sierra de Madrid, me responde cargado de serenidad: “Si nos hubiéramos dado, tampoco pasa nada”.

No solo es lo que dijo, es como lo dijo. No era una fachada, un cliché. Este hombre era incapaz de ver problemas en un pequeño choque de chapa que podía arreglarse en un taller. No tomaba ese encuentro fortuito como una confirmación de su ineptitud. Este maestro, vivía relajado. Aceptaba los contratiempos como algo inherente a la vida. El que conduce, inevitablemente, antes o después, se choca. Parecía ser su filosofía de vida.

Me llamó poderosamente la atención este hombre. Me recordó que a veces hay que tomarse la vida con cierta ligereza. Llegar un poco tarde, no hacerse con la mejor oferta, no tomar las decisiones profesionales más óptimas, no son catástrofes por las que vivir torturado.

Sí, su mensaje es casi ridículo de lo simplón que es. Bueno, estamos tan saturados de información que cada vez es más difícil sacarle el jugo a los breves y conocidos consejos de toda la vida.

Ese día me sentí afortunado de encontrarme con Mr. Rastas. Aunque aún no lo sabía, él fue el origen de que semanas después, comenzase el bloque “Mis maestros”. Él fue mi primer maestro, el que me hizo pensar que, las lecciones más importantes, están detrás de las esquinas más inesperadas. Como no podía ser de otra forma, no se me apareció en una charla TED; no esgrimió sus teorías apoyándose en un Power Point; ni utilizó palabras en inglés. Su lección no fue larga ni elaborada, no necesitaba adornar de complejidad su idea para que esta adquiriera fuerza. Tómate la vida más a la ligera. Ya está. Ni más, ni menos. Engaña su sencillez, yo que si me hubiese chocado me habría cagado en mis muertos.

R.R.R.

El maestro Mr. Rastas lo tiene claro: “Tía, tío, nada es tan importante. Relájate. Llevas toda la vida obsesionado con evitar fallar. ¿Has metido el pie en el fango? Bueno, ya se secará; y después el barro se caerá. Basta de reproches. Paz hermano”.