Cuarentena emocional

Ahora que estamos saliendo de la cuarentena física, no estaría mal que te sometieses voluntariamente a una cuarentena emocional.
Psicológicamente, lo peor está por llegar. No me gusta como queda esta frase, tan apocalíptica, lo que quiero decir es que la cuarentena precisamente por haber sido lo más duro, uno cuando está en el campo de batalla no presta mucha atención a sus emociones. No puede. Bastante tiene con que no le maten. La angustia y la depresión quedan relegadas a mejor momento. Uno puede vivir con ansiedad, pero no puede vivir con un tiro en la cabeza. El cerebro establece una prioridad de necesidades, y cuando te persigue un león llorar no está entre las primeras.
El ejemplo más claro lo tienes en los exámenes. Recuerdo de mi época de estudiante como casi nadie se ponía malo durante los exámenes, pero era acabar estos, y empezaban a salir los herpes, los problemas intestinales, el mal humor. Una vez que hemos dejado atrás el peligro, la adrenalina desaparece y las emociones empiezan a brotar.
Después de setenta días en pleno campo de batalla, el desgaste emocional acumulado empezará a buscar salida. No es que lo de ahora sea sencillo, pero nada que ver a cuándo había mil muertos al día y parecía que por unas cosas o por otras, el mundo se iba a acabar. En España no estamos acostumbrados a los terremotos, y que el suelo se abra bajo nuestros pies nos ha dejado, digamos, un pelín asustados. Pero esos setenta días había que aguantar el tipo. Por ti y sobre todo, por los que te rodean.

Pues bien, ahora, vaya mierda, que poquito a poquito va quedando el confinamiento atrás, es cuando creo que las consecuencias emocionales del seísmo empezarán a salir a la luz. Y lo harán durante los próximos meses.
Te digo esto porque puede ser muy desconcertante. Con todo lo que has pasado, y cuando estás con un amigo en una terraza o con tus hijos en la playa, va y te pones triste o una escurridiza ansiedad se te agarra a las entrañas. Por eso te recomiendo que te pongas en cuarentena emocional. Que entiendas que has pasado por una etapa dificilísima, más de lo que probablemente seas consciente. Es normal que te sientas raro y descolocado. Cuidado por tanto con tomar conclusiones y decisiones precipitadas. Estos meses no son el momento para decidir divorciarse, cambiar de trabajo, mandar al carajo a un amigo o hacerse un transplante de sexo. A ser posible claro. Permítete estar triste y confuso, busca y acepta las heridas que hayan dejado esos setenta días, felicítate por el trabajo hecho y anímate a disfrutar otra vez de la vida, aunque esta, cómo no, pueda de vez en cuando abrir el suelo que pisas.
Qué esta crisis no sirva para hacernos más inseguros al andar, sino para entender, que esa idea de que en Europa no hay seísmos es falsa e infantil. La muerte repentina de un ser querido, esa revisión ordinaría que acaba en cáncer, la conversación que termina en divorcio, ya sabíamos que en España cinco o diez veces en tu vida el suelo se abriría, ahora sencillamente se nos ha abierto a todos a la vez, lo que no deja de ser inquietante. Tomate un tiempo para encajarlo y vuelve a pisar firme. Total, ya que no depende de ti que el suelo se abra o no, camina mirando al cielo.
Has sobrevivido a la cuarentena, ahora hay que observar cómo se comportan esas emociones que ya no están confinadas.

No quiero que este texto te sugestione. No tienes porqué pasar por esta purga emocional, solo te escribo para que sí te sucede no te preocupes. Que el suelo se haya dejado de mover no quiere decir que sea tan sencillo enfocar de nuevo la mirada, como cuando el horizonte se desliza al tocar tierra firme después de haber estado navegando.
Anda, no dejes de andar, y el cerebro no tardará en darse cuenta que ya no está en alta mar.

Reverso.