Soy un barquero. Traslado a mis clientes a la isla de la felicidad. Llevo muchos años navegando por estos mares, aprendiendo del mar, del viento y, sobre todo, de todos mis pasajeros. Son muchas también las lecciones que he sacado de mi propia experiencia.
A esta codiciada isla se puede llegar por tierra, mar y aire, de hecho, se debe llegar por tierra, mar y aire. Yo tan solo soy barquero, así que te hablaré de cómo acceder a ella por mar, y de todas las modalidades, en barca de madera con remo.
Algunos pasajeros y barqueros me dicen que algunas de mis ideas son de otra escuela de barqueros (humanistas, Aceptación y compromiso, psicoanálisis y demás). Hay mucha competitividad entre las orientaciones psicológicas, y cada una quiere hacerse con la autoría de la mejor forma de llegar a la isla de la felicidad. A mi todo eso me da igual, tan solo soy un barquero que le gusta navegar, y ayudar a sus pasajeros a llegar a la isla de la felicidad. Mi maestra es la mar.
Ya sabrás que somos lo que nos contamos. La narrativa, lo es todo. Te voy a contar una historia. Muchos de sus ingredientes no es que se parezcan a la receta de la felicidad de mis compañeros de faena, es que son muy parecidos a las líneas maestras que han regido el oficio de barquero desde hace miles de años. Apenas hay nada nuevo en el horizonte, más que acicalarlo con vistosos adornos para que lo viejo parezca nuevo. La tristeza, la alegría, el amor, la decepción, el miedo, la desesperanza, la ilusión, el placer, la rabia, el asco, el odio, la angustia, la placidez, el aburrimiento, llevan con nosotros desde que somos nosotros. El barquero sólo ha de preguntar en qué siglo vive, familiarizarse con el contexto, y rápido podrá ayudar a su tripulación. Con un mínimo de preparación, yo mismo podría ser el barquero de un griego de hace dos mil años, cómo el barquero de hace dos mil años podría ayudarte hoy con tu adicción al porno y tu angustia por la muerte.
Aunque no soy dueño de nadie ni esclavo de nada, la escuela de barqueros que tengo cómo referencia es la Cognitivo Conductual. Dos postulados centrales son los que aprende el marinero en esta academia: NOS COMPORTAMOS EN FUNCIÓN DE LAS CONSECUENCIAS QUE TENEMOS y, SENTIMOS SEGÚN PENSAMOS.
Somos creadores de realidades. La realidad apenas explica tu mundo emocional, sujeto este a la pluma con la que decides escribir tu mapa afectivo. Hay toda una serie de técnicas para conocer primero y, reestructurar después, ese discurso que anda detrás de tus afectos y, por tanto, de tus conductas. La conducta, por otro lado, es la que instaura los hábitos y sólo modificando ésta lograrás el cambio.
Podríamos decir que las palabras te acercan al cambio y, la conducta, lo materializa. Y al revés. Las palabras te acercan al precipicio y, la conducta, te empuja hacia el vacío.
Una cuestión interesante es porqué pensamos cómo lo hacemos. Mis clientes llegan a entender al poco de embarcar, la estrecha relación que existe en cómo se hablan y cómo se sienten. Si me digo que soy idiota cuando se me cae un vaso, me sentiré triste; y si aseguro que nadie me querrá después de que mi pareja me abandone, sufriré ansiedad. El enigma es, ¿por qué me hablo así?
La respuesta está en los ESQUEMAS NUCLEARES. Ideas centrales que engloban nuestra forma de entender el mundo y a nosotros mismos. Estos esquemas, formados acríticamente en la infancia, son el cristal a través de cuál luego interpretaremos la realidad. Durante la travesía hacia la isla de la felicidad, enseño a mis apasionados viajeros a descubrir esos esquemas y actualizarlos desde criterios de objetividad, racionalidad y adaptabilidad.
Hasta aquí, es mucho lo que el pasajero se ha acercado a la isla de la felicidad, pero en algunos casos, comprobamos, cómo a pesar de tener todo esto claro, el esquema nuclear se vuelve resistente.
Y es sobre este punto, sobre el que quiero contarte una historia. La historia del Método Bishop.
Además de barquero de otros, lo soy también de mi mismo. En una de mis últimas incursiones a la isla de la felicidad, he hecho un descubrimiento que quiero compartir contigo. Te lo cuento mientras llegamos a la orilla.
En el verano del 2023, en la Highland escocesas, en un pequeño apéndice de tierra al que llamábamos la isla de los españoles en la bahía de Bishops, llegué más arriba de la felicidad de lo que nunca había llegado. Y esto es mucho decir, porque es mucha la felicidad que he disfrutado. Arriba de la cumbre, constaté lo que ya sabía: allí no había nada. Al menos, nada que de sentido a la vida. La felicidad del logro es solo una parte del todo.
Por motivos que no vienen a cuento, entendiendo el dulce cómo el Dorado a perseguir, ese día comí más chocolate del que nunca había comido. Fue una experiencia muy especial, aunque también desconcertante, pues al no tener más tierra que conquistar, concluí que podía morir en paz. No digo que lo desease, tan sólo que podía hacerlo sin esa molesta sensación de me ha faltado algo.
Es revitalizante llegar a tus metas, tanto cómo desearlas. Estoy pensando que, no es que no haya nada al final del camino, es que lo hay todo, pero, si todo lo tienes, nada te falta y, si nada te falta, más allá de disfrutarlo, la vida se vuelve algo sosa. Conocía el sentimiento de vacío por estar lejos de la cumbre, no pensé que ese mismo sentimiento de vació fuese a acompañarme una vez arriba. En verdad sí lo pensé muchas veces. Ese día lo constaté.
Sí, suena bien eso de estar ochenta años disfrutando en el paraíso, pero desgraciadamente, es imposible. Por un proceso conocido de las leyes del aprendizaje llamado habituación, cuando un estímulo, agradable o no, se repite en el tiempo sin variación acaba por volverse invisible. Pasa con el dolor de la pérdida que, aunque nunca desaparece, un año después no te hace sangrar cada vez que respiras; o con el amor por un ser querido, que pasado cierto tiempo no te hace llorar de alegría cada vez que respiras a su lado.
Uno no está exultante de alegría, y digo exultante, cada una de las treinta mil mañanas que se levanta al lado de su amada, al igual que uno no cae abatido por la más punzante de las dichas cada uno de los segundos que descubre que tiene manos y todo lo que puede hacer con ellas. Si, la habituación puede ser muy cruel, o un hada salvadora.
¿Si la habituación hace invisible todo aquello que posees, sólo renovando los votos de la ilusión ante la pérdida, o la amenaza de pérdida, ¿por qué iba a ser distinto con el paraíso? No lo es.
El paraíso es una trampa, porque una vez conseguido, se desvanece. En el mejor de los casos, si haces el esfuerzo de recordar de dónde vienes, si eres agradecido, lo gozarás, pero nada que ver con cómo se erizó tu alma la primera vez que viste el mar.
Así que amiga, amigo, podríamos hablar de la paradoja del paraíso que, según se construye, se destruye. Al poco de alzarse, se derrumba. Y vuelta a anhelar otro nuevo paraíso vestido con las prendas de las que careces. Esto que ya sabía antes, me entró en vena en la Bahía de Bishops. Había llevado mis huesos más adentro del paraíso de lo que nunca lo había logrado; lloré de alegría, pero a la vez, lloré al entender que sin misión, el guerrero y el campesino pierden parte del calor que les lleva a levantarse cada mañana. Por suerte, sabía que el lugar alcanzado pronto sería derribado por la rutina, las prisas, y demás lindezas de la vida cotidiana, retrocediendo a empujones a posiciones de retaguardia que me permitirían volver a soñar con coronar la montaña. Pero esta vez, al haber llegado a la cima, no podía mentirme con dulces cantos de sirena sobre lo que iba a encontrarme. Por eso, te digo, que la felicidad es soñar, y es estar. Es ir, y es quedarse. Es avanzar para conseguir tus metas, y es sentarse dándolas todas por conseguidas. La felicidad está aquí y ahora, porque no puede estar en otra parte, pero al mismo tiempo, la felicidad es desear que llegue un nuevo amanecer lleno de sorpresas. La felicidad es apretar, y dejar ir. Inspirar, y expirar. Tienes todo lo necesario para ser feliz ahora, y ese todo incluye el deseo de conseguir todo aquello de lo que careces. Seré feliz cuando sea madre o cuando me jubile, error. Soy feliz aquí y ahora. Error. Eres feliz aquí, con la promesa del allí. La felicidad reside en estar e ir. Equilibrio.
Sin pretender dar por zanjado un asunto tan espinoso, nos cuesta tanto encontrar el sentido de la vida porque el sentido de la vida no es otro que la vida, pero esta, al tomarla por tan leal como tus manos, cae en el mismo olvido bajo el que están sepultadas tus manos. Ahí está la paradoja, el sentido de la vida se desvanece cada vez que lo alcanzas. Sabes bien de lo que te hablo. Cuando dejas atrás una enfermedad o un dolor, el enrevesado enigma del sentido de la vida se resuelve con ridícula sencillez: respirar. Cuando un ser querido deja atrás una enfermedad grave, el sentido de la vida no podría ser más intuitivo: verle respirar. Ya está. Pero cuando respiras y ves respirar mil veces seguidas, el milagro se vuelve vulgar y nos emplazamos a encontrar la felicidad y el sentido de la vida en ser menos tímidos, tener una casa más grande, acabar con la violencia, o hallar la paz interior. ¿Y qué pasaría si ninguna mujer muriese a manos de un hombre, o vivieses en un permanente estado de serenidad? Aunque agradable, lo imposible se volvería ordinario y el júbilo daría paso en no mucho tiempo a ese estado que no da ni frío ni calor.
Pasarse la eternidad en la felicidad puede ser muy aburrido y, para pasar el rato, un día, te levantarías buscando algo, lo que sea, cualquier excusa para ponerse los zapatos y echarse a andar. La felicidad es un asunto de contrastes, y si estos no se te imponen, lo más habitual, salimos a su encuentro.
No buscas ser menos agresivo o ansioso porque la vida vaya a tener más sentido, porque vayas a ser mejor persona, vas, porque la vida es más cómoda cuantas menos veces te des golpes en la espinilla. El sentido de la vida poco tiene que ver con lo miedoso o cascarrabias que seas. Tengo muchas lagunas sobre cuál es el sentido de la vida, pero mantengo una certeza: equilibrio.
Es bonito anhelar y perseguir las cimas, pero hazlo con la parsimonia de quien sabe que no encontrará la paz en ellas. Al mismo tiempo, deja fluir el tiempo en la calma del valle, sabiendo que aquí tampoco hallarás lo que buscas. Recuerda, hoy y mañana, estar e ir, luchar y ceder, buscar y haber encontrado. Equilibrio. Quizás, la felicidad esté en aceptar este baile ancestral. Moverse y estarse quieto desde el agradecimiento, no desde la necesidad. No me dirijo a la cima ni me quedo con las piernas cruzadas porque allí o aquí me espere Dios. La felicidad es mirarme los pies y alzar la mirada en el horizonte. Voy para dar sentido al estar, estoy, para que ir cobre sentido. Tanto placer me da llegar, estar yendo, cómo no ir. Tanta serenidad encuentro quieto, cómo en movimiento. El único fanatismo que cabe intentar justificar, es el baile que se da entre estas dos fuerzas. El equilibrio.
Este cielo bajo el cual sucede todo, al que llamamos equilibrio, es la línea maestra del Método Bishop. Dos técnicas lo conforman.
La Respiración Equilibrada (RE) fortalecerá el ESTAR, mientras que la Visualización en Aceptación a través del SER (VAS), hará lo propio con el IR.
La Respiración Equilibrada, nos conectará con el presente, con la dicha colmada por el solo hecho de estar, poniendo la música que aúne la lucha (inspirar), con el dejar ir (expirar).
La Visualización en Aceptación a través del SER, en cambio, nos ayudará a cambiar, a moldear aquellos rasgos de nuestra personalidad que nos alejan de nuestras metas.
El objetivo de este texto no es explicar estas técnicas, sino dar el marco teórico y vivencial dónde se desarrolló esta forma de trabajo que tiene por objeto hacer más profundo el cambio. Antes que escritor, soy barquero, así que si quieres saber más del Método Bishop te ánimo a subirte a mi barca. A nuestra barca. Nada puede sustituir la humanidad que se vive entre dos personas que comparten embarcación camino de la isla de la felicidad. Si ya formas parte de la tripulación, gracias por tu confianza y por tu sabiduría.
Y mientras te he ido contando esta historia, sin darnos cuenta, hemos llegado a la orilla de la isla de la felicidad. Te dejo con cariño y esperanza. A partir de aquí has de continuar tú solo. Vendré de vez en cuando a traerte provisiones cuando agendemos una sesión. Estoy deseando que nos pongamos al día y me cuentes tu propia historia.